En el pensamiento de la sociedad calvinista holandesa, la limpieza material no era un mero hábito higiénico, sino el reflejo directo de la pureza espiritual y el orden civilizatorio. El hogar era considerado un templo sagrado, una fortaleza moral inmune a la corrupción moral, política y física que acechaba en las calles portuarias o las tabernas ruidosas. En esta cosmovisión, el umbral de la casa se convirtió en una línea de demarcación teológica y artística.
Pieter de Hooch dominó este concepto mediante el magistral uso arquitectónico de las perspectivas y las puertas abiertas (los llamados doorkijkjes). En sus patios limpios y perfectamente adoquinados, las mujeres barren concienzudamente la baldosa y los niños juegan bajo una luz prístina. Los zapatos o zuecos de madera abandonados descuidadamente junto al zaguán actúan como centinelas invisibles: el barro exterior, metáfora del vicio y del desorden del mundo, no puede cruzar al santuario interior.
Este tratamiento de la frontera se repite con exquisita sutileza en las obras de Gabriel Metsu y Johannes Vermeer, donde los criados y las amas de casa cooperan en mantener la pulcritud absoluta de suelos ajedrezados, vasijas de peltre relucientes y paredes encaladas. Al capturar estos gestos cotidianos cotidianos de mantenimiento, los pintores de Bulanicos inmortalizaron el triunfo del orden doméstico frente al caos exterior del Barroco europeo.