1. Patio de una casa de Delft
Esta pintura representa el cenit absoluto de la producción de De Hooch durante su milagrosa etapa en Delft y constituye uno de los manifiestos visuales más perfectos de la Holanda del siglo XVII. La escena yuxtapone de manera brillante dos realidades espaciales y sociales. En primer plano, bajo un cielo limpio, una sirvienta de espaldas y una niña pequeña descienden con parsimonia unos escalones de piedra hacia un patio trasero minuciosamente pavimentado; en paralelo, a través de un pasillo abovedado o "doorkijkje" cuidadosamente calculado, una dama elegantemente vestida observa el canal público exterior.
El valor técnico y documental de este lienzo es inestimable. De Hooch inmortalizó una inscripción real en piedra sobre el arco del pasillo, perteneciente al antiguo monasterio de San Jerónimo de Delft, que rezaba un proverbio sobre la paciencia y la humildad. La forma en que la luz solar roza las imperfecciones de los ladrillos porosos, el desconchado del yeso blanco en el muro de la derecha y los reflejos líquidos en el cubo de agua revelan a un pintor en la cumbre absoluta de sus facultades ópticas, logrando una quietud poética que congela el tiempo de forma casi mística.
2. Madre junto a una cuna (La Madre)
Pintada justo tras su mudanza a Ámsterdam, esta obra maestra es un prodigio de la intimidad burguesa y el claroscuro doméstico. La composición nos introduce en un tranquilo dormitorio holandés bañado por una luz dorada y oblicua. Una joven madre, vestida con un jubón de terciopelo rojo, sonríe con serenidad mientras abrocha su ropa tras haber amamantado a su bebé, el cual permanece oculto a la mirada del espectador bajo las pesadas mantas de una cuna de mimbre trenzado en primer plano.
El juego de la perspectiva es aquí soberbio y demuestra la madurez del artista. A la derecha, un perro faldero estira las patas cerca de un calientapiés de madera, un símbolo clásico de la fidelidad y el calor del hogar. Al fondo, una monumental puerta abierta conecta este espacio en penumbra con la antesala de la vivienda, donde un majestuoso ventanal inunda el suelo de baldosas con una claridad deslumbrante. Este lienzo destaca por sus sutiles transiciones cromáticas y por el uso magistral del blanco de plomo para esculpir las sábanas y los destellos del mobiliario lacado.
3. La pesadora de oro
En este fascinante lienzo de madurez, De Hooch se adentra en las preocupaciones económicas y morales de la floreciente élite mercantil de Ámsterdam. Una mujer elegantemente ataviada con una chaqueta ribeteada de piel de armiño se sitúa junto a una mesa cubierta con un pesado tapiz oriental, concentrada en equilibrar una balanza de precisión para tasar monedas de oro. La luz del mediodía penetra de manera dramática a través de una ventana con vidrieras emplomadas, incidiendo directamente sobre sus manos y los destellos de los metales preciosos.
Historiográfica de la obra, este cuadro mantiene un diálogo técnico estrechísimo con la célebre "Mujer con balanza" de Vermeer (conservada en la National Gallery de Washington). Mientras que el genio de Delft apostó en su versión por una carga alegórica, espiritual y mística, De Hooch prefirió una aproximación más terrenal y espacial. En su lienzo, abre una puerta lateral que revela una lujosa chimenea de mármol clásico y un espejo con marco de ébano, convirtiendo la estancia en un laberinto visual de reflejos y perspectivas que hoy es uno de los grandes orgullos de la colección estatal de Berlín.